Los maestros
de la ley, en Roma, deciden condenar a muerte a un inocente, para evitar que
todo un pueblo sucumbiera enfrentado al poder de Herodes y su gobernador,
Poncio Pilato. De esta manera se abre el camino creado por el Padre Eterno,
para llevar a término su plan salvífico, para esta ingrata humanidad, que le
falla al todopoderoso, y se afana por buscar un salvador terrenal; opuesto al
jerarca dominante, con las mismas armas contundentes, y no con criterios
espirituales de un reino celestial. Foto:veeteezy.
En
la última cena, el Señor instituye la Eucaristía y avisa a sus discípulos que
ha llegado la hora; la traición de Judas, quien lo ha vendido por treinta
monedas de plata. Su cuerpo será despedazado sin piedad, con la más cruel
sevicia humana, alimentada por el orgullo y la vanidad de quienes se sienten
reyes del mundo. Estos ni siquiera imaginan, que ese gran maestro y profeta es
el mismo hijo de Dios, redentor del mundo y salvador de la raza humana.
Los
apóstoles al conocer que su maestro será condenado a muerte de cruz, se sienten
engañados, burlados y abandonados. Con ello, la única salida es huir sin
atenuantes, hacia una meta sin final. Juan, Santiago, Judas Tadeo, Mateo,
Lucas, Andrés y el mismo Pedro, le juran seguirlo hasta la muerte. Circunstancia
que el mismo Señor refuta: “Adonde voy no pueden ir vosotros. Este cáliz de mi
sangre no puede ser derramada por otro, sino por el Cordero de Dios. Quien cree
en mí, no morirá, pero el que no cree morirá para siempre”.
Llega el
tiempo esperado por Jesús. Frente al sanedrín, grupo de supuestos sacerdotes del
altísimo, que se resiste a creer que este ser humano que hace milagros, sana
enfermos, hace caminar a los inválidos, resucita a los muertos; es el verdadero
Salvador hijo de Dios. El sentirse conocedores de la verdad, sabios
inconfundibles e inequívocos predicadores del evangelio, entran en sin razones
que los aleja de lo certero y verídico, simplemente porque están ciegos, cojos
y leprosos, debido a la corrupción, la maldad y los vicios reinantes de la
época.
Caifás, uno
de estos sacerdotes romanos, defiende la teoría: “Es mejor que muera un solo
hombre y salvar todo un pueblo”. Así posibilita la entrega del Redentor en
manos de Poncio Pilatos, quien lo ultraja delante de la comunidad judía, se
lava las manos, deja libre a un asesino y condena, al calvario, a nuestro Señor
y Redentor. Qué tristeza, qué dolor. Los mismos sanados por el Maestro lo
condenan. Aquellos alimentados por el profeta lo traicionan. Nadie hizo nada.
Todos lo vimos pasar hecho una piltrafa humana. Su rostro enmascarado en
sangre. Su cabello ensortijado en espinas inmensas y puntiagudas, que le
traspasa, cada segundo, tres milímetros su cabeza. Esa cruz tan pesada; lleva
todos los pecados de la humanidad, tritura sus hombros, aprieta cruelmente su
clavícula, como si fuera a partirla en fracciones. Las tres caídas contra el
piso, machaca y muele su piel, sin ninguna consideración. Sus ojos empañados de
agua sangre, sólo le permiten una visión fría y oscura…la del martirio
infinito.
¿Qué
criatura puede aguantar tanto dolor? ¿Tan inmenso castigo; ¿Tan cruel pasión? Cuanta
penuria; comienza con los cinco mil y más azotes de la flagelación en el patio
del pretorio romano. Continúa en el monte de la calavera, donde los malvados
soldados romanos, presos de su locura, y lujuria; sienten placer carnal con
cada latigazo asestado en la espalda pura y santa del Cordero. Cada instante de
la flagelación es una espina más que se clava en el corazón constreñido de la
dulce y tierna madre de Jesús. Su latir compungido de dolor, no entiende tanta
masacre, como cuando las madres ven morir a sus hijos en una toma guerrillera o
en una explosión de cada mina quiebrapatas, que cercena el cuerpo de la
víctima. De esta manera el primogénito se entrega totalmente en obediencia al
Padre; para glorificarlo. Sin decir nada. En un silencio aterrador. Sin musitar
palabra, en una incomparable interpretación de letra muda; plasma la simbología
del amor en su máxima expresión. Nuestro cerebro no comprende, cómo un Padre
celestial, dadivoso, misericordioso, lleno de bondad; permite semejante castigo
a su propio hijo, para salvar a una humanidad desagradecida, sin memoria,
despiadada, corrupta y mentirosa.
De verdad
nuestras neuronas no alcanzan a percibir el verdadero sentido del calvario. La
maldad hecha escena, destacando la bajeza, la vileza del ser humano, como en
Sodoma y Gomorra, Corea del norte y del sur; Irán e Irak, Palestina e Israel o
Rusia frente a Ucrania. O por qué no, las batallas internas de Colombia entre
el poder político, representado en el ejército, en franca lid ante las
guerrillas y los grupos de delincuencia común y las mafias del narcoterrorismo.
El camino a
la cruz. ¡Qué sendero tan largo! ¡Qué travesía extenuante! El andar de un
inocente en sacrificio por todos. Un trajinar inenarrable, infranqueable, casi
que imposible para todo ser humano. No para un verdadero DIOS hecho hombre en
las entrañas de esa Virgen Corredentora, que todo lo ve y todo lo sufre,
también por amor al Padre Eterno. Más por su hijo que, humillado en ese madero,
aguanta el sufrimiento incomparable que lo llevará a la gloria Inmortal.
Lacerado,
ajado, mirado con lástima; el Señor resiste como un héroe. Llevado por el
Espíritu Santo que lo sostiene y fortalece, para culminar su destino en el
monte “Gólgota o Valle de la Calavera” en donde ya sin gota de sangre parece no
poder llegar. Ayudado por el Cirineo, el más afortunado de los hombres; porque,
recibe su recompensa. Una mirada del Señor le invita al cielo y le promete la
vida eterna. Aquí la excelsitud de Cristo, la obediencia y la entrega al Padre.
Luego de caer tres veces.
Jesús se
lleva a la cruz todos los pecados del mundo, y se convierte: en el camino, la
verdad y la vida. El Rey del Universo elevado en un madero para salvación de
todos. Clavado de pies y manos. ¡Oh que terrible dolor! Siente pena y pesar de
los hombres: “Padre…! perdónalos porque no saben lo que hacen! ----luego exclama:
“Tengo sed”, de justicia, de rescatar hombres, de invitar a la mansión eterna a
muchos que crean en él. Seguido nos deja la presencia de su querida progenitora:
“Madre he ahí a tu hijo” mirando a Juan y éste mirando a María, oye de Jesús:
“Hijo he ahí a tu madre”. Continúa el Redentor: “Todo está consumado” …suspira
y dice: “Padre en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Muere. De inmediato la
tormenta se hace presente. Se oscurece el día. El velo del templo romano se
rasga a lo largo. Tiembla fuertemente en el monte del calvario. Las paredes se
derrumban. La voz del Padre retumba en el espacio, con sus truenos y centellas.
Los romanos por fin reconocen que el crucificado sí es el verdadero hijo de
DIOS.
Al tercer
día el templo es reconstruido, el hijo del Padre resucita de entre los muertos.
Se presenta primero a María Magdalena, a quién le perdona muchos pecados. Ella
corre a decirle a los apóstoles, pero no le creyeron. Días después en el camino
a Emaús les habla a dos discípulos, que lo reconocen al partir el pan. La
ocasión se presenta en la casa de reunión, donde no está Tomás. Allí come con
ellos y les encarga predicar su evangelio por todo el mundo. Expulsar demonios,
curar enfermos, y bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
santo.
Tiempo
después se presenta delante de todos sus discípulos. Le habla directamente a Tomás:
“por qué no tienes fe. Soy yo. Tu Maestro. Sólo porque me ves ahora sí crees. ¡dichoso
aquel que sin ver cree!” Luego le habla a Saulo de Tarso, tirándolo del
caballo: “Saulo…Saulo, ¿Por qué me persigues? ----¿Quién eres? ---- “Soy Jesús,
a quien tú enfrentas” Lo deja ciego, desconcertado, tan solo, que sus soldados
romanos, escuchando esa voz, mejor se retiran, abandonan al comandante del
ejército enemigo. De esta manera el Señor convierte a su peor adversario en el
nuevo apóstol, quien predica el evangelio con mayor ahínco, dedicación y
regocijo. Saulo pasa a ser Pablo que, junto a Pedro, hacen factible la creación
de la Iglesia de Cristo, la católica. Siendo Pedro el primer PAPA de la
historia, en territorio romano.
Dos mil veintiséis
años en la era de Cristo, han pasado desde aquella tarde de crucifixión. La
piedra angular que desecharon los arquitectos romanos, es ahora cabeza de la
Iglesia escogida por el Padre Eterno; que busca la conversión de la humanidad
equivocada y débil, entregada al maligno en vanagloria, placer y libertinaje.
Los dignos representantes del Sacerdote mayor, JESUCRISTO, nos recomiendan
estar vigilantes, atentos a la mano del Creador. Oremos a toda hora,
arrepintámonos, cambiemos de rumbo; el camino del Señor es pedregoso, lleno de
espinas, de sufrimiento, de sacrificio y la entrada a su reino es bastante
angosta. Si amamos al hijo… el Padre nos ama. Si estamos con Cristo ¿quién
podrá contra nosotros? Si pedimos al Padre en el nombre de JESÚS, Él nos dará
todo.
OSCAR
SANVAR, ABRIL DE 2026.
